EL EDICTO DE GRANADA

Tal día como hoy, pero de 1492, se firmó el Edicto de Granada,  que había sido encargado por los reyes de Castilla y Aragón al inquisidor general, Torquemada y sus secuaces.


El Edicto de Granada , también llamado Decreto de la Alhambra, por el cual se hacía oficial la orden real de expulsión de los judíos, fue firmado por sus majestades el 31 de marzo de 1492 en dos versiones:  una,  firmada por los dos reyes católicos , que era versión que aplicaba sólo para la Corona de Castilla ,  y otra, firmada sólo por el rey Fernando, válida para la Corona de Aragón. Ambas versiones fueron redactadas por el  Tomás de Torquemada, máximo responsable del Tribunal de la Inquisición (vigente en Castilla desde 1478 y en Aragón desde 1483) Torquemada presentó el texto el 20 de marzo de 1492

A diferencia del proyecto de Torquemada y del decreto castellano, en la versión dirigida a la Corona de Aragón se reconoce el protagonismo de la Inquisición —«Persuadiéndonos el venerable padre prior de Santa Cruz [Torquemada], inquisidor general de la dicha herética pravedad…»—; y , además,  se menciona la usura como uno de los dos delitos de los que se acusa a los judíos —«Hallamos los dichos judíos, por medio de grandísimas e insoportables usuras, devorar y absorber las haciendas y sustancias de los cristianos»—; se reafirma la posición oficial de que sólo la Corona puede decidir el destino de los judíos ya que son posesión de los reyes —son nuestros, se dice—; y contiene más expresiones injuriosas contra los judíos: se les acusa de burlarse de las leyes de los cristianos y de considerarlos idólatras; se hace mención a las «abominables circuncisiones y de la perfidia judaica»; se califica el judaísmo de lepra; se recuerda que los judíos «por su propia culpa están sometidos a perpetua servidumbre, a ser siervos y cautivos»

En la segunda parte del decreto se detallan los  términos en que se ha de hacer efectiva la expulsión:

  1. La expulsión de los judíos tiene carácter definitivo: «acordamos de mandar salir todos los judíos y judías de nuestros reinos y que jamás tornen ni vuelvan a ellos ni alguno de ellos».
  2. No cabe aplicar  ninguna excepción:  ni por razón de edad, residencia o lugar de nacimiento —se incluyen tanto los nacidos en Castilla y Aragón como los venidos de fuera.
  3. Se daba un plazo de cuatro meses —que después se ampliará diez días más, hasta el 10 de agosto— para que salieran de los dominios de los reyes. Los que no lo hicieran dentro de ese plazo ( o volvieran después)  serían castigados con la pena de muerte y la confiscación de sus bienes. Asimismo los que auxiliaran a los judíos o los ocultaran se exponían a perder «todos sus bienes, vasallos y fortalezas y otros heredamientos».
  4. En el plazo fijado de cuatro meses los judíos podrían vender sus bienes inmuebles y llevarse el producto de la venta en forma de letras de cambio —no en moneda acuñada o en oro y plata porque su salida estaba prohibida por la ley— o de mercaderías —siempre que no fueran armas o caballos, cuya exportación también estaba prohibida. (El problema es que es el 31 de marzo cuando se firma, pero sólo es el Primero de Mayo cuando se hace público, lo cual reduce mucho el plazo para liquidar.)

 

“Expulsión de los judíos de Sevilla”, de Joaquín Turina.

El decreto real fue firmado por el secretario Juan de Coloma, registrado por Juan Ruiz de Calcena en el Diversorum sigilli secreti de la Corona de Aragón y sellado  por Miguel Pérez de Almazán.

El decreto referente a la Corona de Aragón estuvo en vigor hasta el 15 de julio de 1707, pues fue entonces cuando Aragón  pasó a regirse por la ley de Castilla. El decreto de Castilla -que aplicaba ya tanto a Aragón como  a Navarra- estuvo en vigor  hasta la promulgación de la Constitución Española de 1869, que consagró la libertad de culto, y de manera oficial por Francisco Franco en 1969.

Torquemada

Según cuenta la leyenda -pues de esto no hay constancia histórica- algunos judíos cercanos a la Corona castellano-aragonesa intentaron mediar para derogar el decreto real; es el caso de D Isaac Abravanel, que habría llegado a ofrecer una gran suma de dinero a Fernando II. Otras leyendas dicen que eran los reyes quienes pretendían que Abravanel se convirtiera al catolicismo para no prescindir de sus servicios a la Corona. Según la leyenda -representada en el cuadro que sirve de fotografía principal  de este artículo ( Emilio Sala , 1889) – Torquemada se presentó ante los reyes con un cuchillo que arrojó a sus pies diciendo: Judas vendió a Nuestro Señor por treinta monedas de plata; Su Majestad está a punto de venderlo de nuevo por treinta mil.

Por otra parte, el historiador Benzion Netaniahu -padre del conocido primer ministro israelí- cuando Isaac Abravanel fue a entrevistarse con la reina para convencerla de que estaba cometiendo un error y una injusticia, la monarca se excusó con una interrogación retórica: «¿Creéis que esto proviene de mi? El Señor ha puesto ese pensamiento en el corazón del Rey?«

 Para la lectura completa del texto del edicto, aquí