LA EXPULSIÓN DE LOS SEFARDÍES DE GÉNOVA

Tal día como hoy , pero en 1550, se hacía efectiva la fecha de la expulsión de los judíos sefardíes que llegaron a Génova. ¿Conoces sus vicisitudes en la península itálica?


Tras la expulsión de los  judíos de los territorios de las coronas de Castilla y Aragón, muchos judíos huyeron al vecino Reino de Navarra,  o al más lejano de Portugal, pero otros decidieron abandonar la Península Ibérica en distintas direcciones: por el norte, desde el entonces importante puerto de Laredo, hacia Amberes;  hacia la ribera norteafricana unos, hacia el Imperio Otomano otros. Y hacia la Península Itálica, el resto, bien a Roma, bien a Génova.

Italia, que entonces aún estaba lejos de ser Italia, trató a los judíos sefardíes con diferente suerte: recibieron protección del rey Fernando I de Nápoles. (Uno de los refugiados, Don Isaac Abravanel, incluso recibió un puesto en la corte napolitana, que retuvo bajo el rey sucesor, Alfonso II )  También fueron bien recibidos en Ferrara por el duque Ercole d’Este I y, en Toscana,  a través de la mediación de Jehiel de Pisa y sus hijos. Pero en Roma y Génova experimentaron todas las aflicciones y tormentos que traen el hambre, la peste y la pobreza,  viédnose obligados a aceptar el bautismo para escapar del hambre.

 

Génova nunca tuvo afinidad con los judíos. Benjamín de Tudela, en su Libro de Viajes, del S XI, dice que en ese puerto sólo encontró a un judío; no en vano, en Génova había una ley que impedía a los judíos pernoctar en la ciudad más de tres días seguidos, dicen que como pedida profiláctica ante los desastres de la peste negra, que muchos achacaron a los judíos. Los judíos pidieron permiso para atracar sus barcos en el puerto genovés y poder repararlos tras una tempestad.

“Y mientras estaban haciendo sus preparativos para viajar más lejos, llegó el invierno y muchos murieron en los muelles”.  Eso dice Bartolomeo Senarega, secretario de la república.

Pero suspicacias del comercio de los puertos , además del odio religioso que inflamaba un predicador llamado Bernardino da Feltre, llevaron a derogar el decreto de permanencia judía en Génova y 21 familias de las desembarcadas se fueron a Ferrara. Otro número indeterminado de familias acaudaladas tuvieron una renovación de permanencia.

El número de judíos que llegó a Génova aumentó con la expansión de las persecuciones en Portugal, de modo que a principios del s. XVI se estableció una oficina especial en Génova, “Ufficio per gli Ebrei” que regulaba  el uso de una escarapela identificativa;  la prohibición de residir en Génova se renovó bajo pena de multa, de encarcelamiento e incluso de ser vendido como esclavo. Solo los comerciantes al por mayor y los médicos con permisos papales estaban exentos de estos actos de opresión,  Sin embargo, las solicitudes de permiso para establecerse se hicieron cada vez más numerosas y en 1550 varios judíos obtuvieron el derecho de libre residencia y de libre comercio durante varios años; incluso el uso de la insignia y la reclusión en un gueto fueron abolidos.

 

Los judíos fueron expulsados de la ciudad en 1515, aunque readmitidos un año después con esperanza de conversiones; como no hubo resultados, nuevamente expulsados en 1550.  En 1567 la expulsión se extendió a todo el territorio de la República. Sin embargo, entre 1570 y 1586, el permiso para participar  en el comercio de la usura  y abrir tiendas en Génova se otorgó  sólo  cuatro veces a los judíos. En 1598 se emitió un nuevo decreto de expulsión, pero muchos judíos lograron eludirlo. En 1660, los 200 judíos que vivían en Génova estaban confinados en un gueto, aunque dos años más tarde muchos todavía vivían fuera de él.  El gueto tenía dos puertas de hierro, que permanecían cerradas desde el atardecer hasta la mañana. El número de judíos en ese momento ascendía a 700; entre ellos había muchos comerciantes prósperos que, debido a la importancia de sus negocios, recibieron un mejor trato y se les permitió vivir fuera del gueto. Sin embargo, todos los judíos se vieron obligados a asistir a los sermones cristianos durante la Cuaresma,  algo que se vivía  como la más profunda humillación:  en estas ocasiones, además de ser vilipendiados por el predicador, se encontraron con insultos e incluso actos de violencia por parte de la mafia.