LOS AMORES DE ALFONSO Y RAQUEL (Y TODO LO QUE VINO DESPUÉS)

Alfonso,  El de las Navas, uno de los reyes españoles más literarios, tuvo una relación singular con los judíos, especialmente con los de Toledo,  y en particular con un miembro de la comunidad hebrea de la ciudad,  pero no todos saben por qué ni cuáles fueron las consecuencias de ello.


Alfonso VIII (Soria, 1155)  heredó el trono a los 3 años de edad, lo cual acabó en una guerra civil. A los 13 años  fue proclamado rey en Burgos y  a los 14 se le casó , en Tarazona, con una niña que sólo contaba con diez años de edad: Leonor de Plantagenet,   princesa inglesa, hija de Enrique II y Leonor de Aquitania. Es decir,  Alfonso VIII se convirtió en cuñado de Ricardo Corazón de León. Ella se convirtió en dueña y señora de media Castilla.

La  mayor gloria política y  reconquistadora de Alfonso VIII  fue organizar y triunfar en la batalla de Las Navas de Tolosa (Jaén) poniendo en su sitio a los almohades (muyaidines) ; estos feroces musulmanes norteafricanos, al acabar con el califato cruelmente, también fueron la causa del movimiento migratorio hebreo del Al Andalus a los reinos cristianos norteños, aumentando significativamente  la población de burgos  de la talla de  Toledo. También favorecía esta  judería el que al ser reconquistada por  Alfonso VI, bisabuelo de Alfonso VIII, a los judíos no se les tocó; es más, se les cuidó porque poseían conocimientos  culturales favorables a los planes castellanos.

La mayor empresa cultural de Alfonso VIII  fue instaurar el Studium Generale en Palencia, génesis de lo que es hoy su universidad;  sin olvidar que en su corte abundaba la vida cultural internacional vía su esposa Leonor,  rodeada de  trovadores y sabios en palacio. Ambos decidieron construir la catedral de Cuenca y, para yacer eternos, el Monasterio de Las Huelgas. Tuvieron diez hijos.

Por aquel entonces, el S XII,  Toledo trajinaba con  20.ooo  telares de seda;  se vendía en un gran zoco donde también era muy preciada la forja de espadas , templadas en el Tajo en manos de los mudéjares, como todo lo artesanal y ornamental. En la Plaza Mayor, junto a la catedral, estaba la Alcaná, donde los judíos , cambistas y prestamistas, se juntaban a los panaderos, que vendían mazapán, mientras que  los orfebres hacían lo mismo con  su platería. Se calcula que un octavo de la población toledana era judía;  la mayor aljama de todas en esta época, pues el rey Alfonso VIII dispensaba gran socorro y otorgaba no menor privilegio a los hebreos. Y todo porque el monarca tenía una amante, Raquel la judía, Rajel La Fermosa en ladino.

Hay quien dice que sólo es una leyenda toledana y  no un hecho histórico. Pero la verdad es que el biznieto de Alfonso VIII, Alfonso X El Sabio, lo hace constatar en la Crónica General de 1270 (aunque según su editor de  1906, Menéndez Pidal, hubo  hasta seis talleres en la  composición de la Estoria de España)

Al papa Inocencio III no sólo le disgustaba el adulterio real sino que además le espantaba  que de dicho contubernio carnal surgieran tantos privilegios y prebendas para los judíos toledanos. No hay que olvidar que Alfonso morirá en 1214, un año antes del ominoso Concilio Letrán IV, que marcó el que los judíos tuvieran que señalar en sus indumentarias la pertenencia a la fe mosaica o se les prohibiera a los clérigos ayuntar con barraganas y tomar esposa (para quedarse la Iglesia con sus herencias)

Los amores interconfesionales entre el monarca y la plebeya tuvieron mucho eco: Lorenzo de Sepúlveda, poeta sevillano del S XVI, cantaba en un romance popular :

A Toledo fue Alfonso
Con la reina joven y bella
Pero el amor lo cegó
Y se engañó por amor
Se prendó de una judía
cuyo nombre era Fermosa
Si, Fermosa se llamaba
Y la llamaban así con justicia
Y por ella olvidó él a su reina

 

Lope de Vega,  siempre dado a la peripecia de capa, espada y faldas,  en 1617, escribiría una comedia , «La Judía de Toledo», que por cierto, ha sido montada en los escenarios la pasada primavera con no poco éxito.  En esta obra  se inspiró en el S XIX el hispanista y  dramaturgo austriaco Franz Grillparzer, que la estrenó en la Praga de 1872.  Poco después, pero ya en el S XX, Lion Feuchtwanger, novelista alemán, y judío, también escribió en 1955 sobre Rajel,  La judía de Toledo (Die Jüdin von Toledo)  También en en prosa,  ya en nuestro tiempo, se ocupó de esta historia el judío gibraltareño, Abraham S. Marrache, cuya novela  presentó Esther Bendahan en el Instituto  Cervantes de Londres en 2009.

Además del papa Inocencio, la jerarquía eclesiástica de la corte alfonsina protestaba porque tras los amores con Raquel algunos judíos medraban de forma inaudita:  Al-Fakkar , que era médico -físico, se decía entonces-  oficiaba como visir y embajador del rey, algo así como primer ministro y además ministro de exteriores, y por si fuera poco ,  llegó a ser además Rabino Mayor de Castilla. Sus familiares, viajaban con escolta real ;  tal amalgama de poder producía recelos.  Otras  familias judías toledanas sobresalientes por su fortuna y poder  eran los Bnei Ezra, los  Bnei Abulafiah, los Bnei Al-Aziz o los Beni Sadoq. Pero de entre todas ellas, solo la familia Bnei Xoxan (Shoshan)  llegó a ser tan influyente como la de Al-Fakkar, en particular,  Josef ben Omar ben Xoxan , que llegó a ser almojarife real, o lo que es lo mismo, ministro de economía y a quien se le habían entregado tierras en pago por favores del judío al monarca. En general, estas familias, dedicadas al cambio y la finanza, no eran criticadas, porque era la misma iglesia quien requería de sus servicios para cobrar sus diezmos, bien en maravedíes, bien en vino, trigo u otra cosa digna de cambalache. Es más, las disensiones venían dentro de la misma judería, con dos facciones enfrentadas -los tradicionalistas y los racionalistas- que disputaban por las enseñanzas de Maimónides, demasiado innovadoras como par no ser polémicas.

Alfonso VIII se encerró con la Fermosa Raquel durante siete años en el castillo de La Galiana , también conocido como la Huerta del Rey, hasta que una conjura de la reina Leonor y la Iglesia, en nombre del adulterio, rompen la relación. Los monarcas aún tardarán en hacer las paces, tomando como acto reconciliatorio la construcción del Monasterio de Las Huelgas, donde ambos yacen en paz.