¿POR QUÉ SUKOT ES LA FIESTA DE LA ALEGRÍA?

La importante fiesta de Sukot, que comienza hoy, y dura siete días, tiene un significado de alegría, pero sabes el motivo?


¿Por qué Sukot es la fiesta de la alegría?

El calendario hebreo no es una aglutinación de fechas que de vez en cuando tiene festivos , sino un todo lógico, consecutivo,  que puede entenderse desde distintos planos circulares: el agrícola, el teológico, el histórico, etc. Es por eso que la fiesta de Sukot, o de las Cabañas, una de las tres festividades de obligada peregrinación a Jerusalén, no debe entenderse –banalizándola en cierto modo- como una fiesta en la que se recuerda que los hebreos que vagaron por el desierto de regreso a Israel habitaron en cabañas. Es mucho más que eso (aun siendo ese hecho de suma importancia para comprender ciertas cosas)

Va´Yikra, 23 (Levítico, 23) es la referencia  de la Torá  de la fecha de su celebración: el plenilunio del mes séptimo, el  de Thisrey, es decir, quince días después de Rosh Ha´Shaná y cinco después de la cúspide festiva del judaísmo: Yom Kipur. Ya sólo esta fecha nos indica alegría: Rosh Ha´Shaná –el principio del ciclo- es un momento de preparación a la introspección personal que culmina con Yom Kipur. Y esas fiestas tienen lugar , al menos para Isarel, en el hemisferio norte, al final del verano, cuando el Hombre ha recogido la cosecha y por tanto tiene tiempo de dedicarse no a lo material –el sustento- sino a lo espiritual –la esencia. Pero esto es muy obvio para todos. ¿entonces,  por qué nada más acabar Kipur llega una fiesta que es tan alegre y que está tan íntimamente ligada a símbolos terrenales donde nos hablan de arenas de desiertos y cabañas, de vegetales y frutos y de otras cosas propias del globo terráqueo como puede ser el agua? ¿Qué tiene que ver todo eso con la alegría?

Sencillamente, con la cosecha recogida –Dvarím: “cuando recojas de tu cosecha y de tu lagar”-  y cuando el alma apaciguada  tras Kipur, sólo queda alegrarse por poder gracias a haber podido ser sacados de Egipto y disfrutar de las bondades que El Eterno ha dispuesto para los Hijos de Israel en el camino de la leche y la miel. De ahí emana, como el agua del manantial de Shiloaj, la alegría de Sus hijos.

¿Y entonces, por qué recordar que nuestros ancestros moraron en cabañas y por qué unir ese recuerdo a la alegría? Porque esas cabañas transitorias durante cuatro décadas –y esto también es digno de entendimiento- significan el amparo divino que cubrió a los israelitas de la intemperie; y en el acto de  acción de  gracias por la vida se recuerda también no sólo de dónde viene uno sino también la protección absoluta que el judío disfruta a cambio de ser elegido para ser obrero de la santidad del Eterno.

Pero al igual que en esos cuarenta años de errabundez desértica hay dos momentos ligados directamente al agua –símbolo general de la vida y el sentimiento- esos dos saltos de lo líquido (al principio el Mar Rojo y al final el Río Jordán) se unen a toda esa tierra que da cidras y palmas, mirtos y sauces –porque , al igual que el lulav se trenza perfectamente,  la existencia del Hombre está trenzada perfectamente por El )

Quizás de ahí venga la acuática  ceremonia  de suma alegría de la  Simjat Beit Ha´Shoevá que se celebraba en el  Templo de Jerusalén y que de algún modo se revive  hoy en los crepúsculos  de Jol Ha Ha Moed –los días intermedios entre los dos primero festivos de Sukot y sus dos últimos- cuando los judíos se alegran en grupo por toda esta acción de gracias.

El Manantial de Shiloaj –Siloé- era de donde se sacaba  el agua –shoevát ha´máim- donde cuatro cohaním –como las cuatro décadas por el desierto-  tomaban un cántaro de aceite para iluminar Jerusalén mientras una orquesta de levitas amenizaba la ceremonia con shofar y flautas, arpas y liras, incluso cantando, mientras se hacían juegos malabares con  antorchas para regocijo general. Al canto del gallo, cesaban de bailar, los cohanim a ritmo de shofar descendían hasta el Manantial, recogían el agua, y regresaban al Templo , se hacía el sacrificio de la mañana –Shajarit- y sobre las cenizas del mizbeaj –altar- se vertía el agua del manantial, que discurría mezclada con vino, al unísono, mientras se soplaba el shofar y se tañían las arpas y el pueblo se enardecía en una alegría que habían estado esperando hasta no poder dormir bien las noches previas.

Y entonces, en esa alegría líquida y terrestre, al final de los siete días de fiesta –los dos últimos son fiesta- llegado Shminí Atzeret (La Octava Asamblea) se rezaba la plegaria por la llegada de la primera lluvia , esgrimiendo en la mano los lulavím  en símbolo de gratitud por el Creador del Jag Ha´Así, la fiesta de la Cosecha; los lulavím están compuestos de símbolos terrestres que tienen que ver con el agua: el sauce, por ejemplo, sólo crece a la vera de los ríos ( su aspecto decaído no es porque sea  un árbol sin fruto, sino porque sus ramas buscan el agua) Y es para esta época, día arriba, día abajo, cuando cae la primera y siempre deseada  lluvia bendita  sobre Israel. Se renueva el ciclo regando la Tierra que será fértil para una nueva cosecha. Y eso es motivo, desde luego, de alegría.