Historia de un comprometido intelectual búlgaro hoy caído en el injusto olvido.
La familia Semo -cuyo apellido proviene del hebreo Shmó (Su Nombre)- vivió a lo largo de los tiempos en diferentes lugares (por ejemplo, Corfú, hoy Grecia). Pero Santo Semo fue a nacer en el puerto danubiano de Ruse (hoy Bulgaria) el 18 de junio de 1878, en el seno de una conocida familia de sefardíes. Jaim Yosef Semo, por ejemplo, vendía vidrio y era prestamista; Jacquel Semo e Isaac Semo eran miembros del comité ejecutivo del Banco Judío Popular en Ruse, formando parte indispensable para la liberación búlgara del yugo otomano.
Santo fue el sexto hijo del matrimonio formado por un empresario de la exportación, Yojanán Semo, y Sumbul Aftalión. Todavía tendrían cuatro vástagos más. En 1887, cuando Santo contaba con nueve años de edad, quedó huérfano de padre y la viuda quedó en una situación económica no envidiable. No obstante, los hijos de Yojanán y Sumbul tomaron las riendas del negocio internacional de su padre.
Por esta época sucedió una anécdota relacionada con la literatura: en el otoño de 1908, en un periódico parisino, Michael Verne -hijo de Jules Verne- publicó un folletín titulado «El piloto del Danubio». El piloto del barco se llamaba Jacquel Semo y aparece como cómplice del delincuente Yvan Striga. Pues bien, cuando el auténtico Jacquel Semo -hermano de Santo- se enteró de que su conocido Michael Verne estaba usando su nombre de esa manera tan ignominiosa, llevó a juicio tanto al editor como al autor. Semo perdió aquel litigio pero Verne fue condenado a revisar el argumento y los personajes.
Los judíos de Ruse, aunque súbditos del Imperio Otomano, tenían una mentalidad occidental que en parte adquirían en la escuela de L´Alliance Israelite Universelle (donde surge la gran francofilia de Santo, en perjuicio de la lengua judeo-española que sostenía la cultura de los sefardíes búlgaros). Quienes podían permitírselo, luego mandaban a estudiar a sus hijos a la Universidad de Viena u otros lugares de Europa. De forma paralela, proliferaba en sus mentalidades el incipiente sionismo. Es por eso por lo que Santo Semo, en el Sexto Congreso Sionista (Basilea, 1903) en calidad de representante del movimiento sionista de Bulgaria, votó en contra de la idea de un asentamiento judío en Uganda.

Santo Semo se graduó en ingeniería en la ciudad de Gante, así como Ciencias Políticas en París. Amasó una considerable fortuna con empresas tanto parisinas como londinenses, aunque también trabajó para el Imperio Otomano con el Proyecto Mesopotamia. Semo regresó a Constantinopla con muchas fotografías de las excavaciones de las ruinas de Babilonia.
Y además, se afilió al partido de los Jóvenes Turcos, en donde colaboró muy activamente. Oficialmente conocido como el Comité de Unión y Progreso (CUP), los «Jóvenes Turcos» representaban las ideas reformistas y nacionalistas que, tras rebelarse en 1909 contra el sultán otomano Abdul Hamid II, gobernarían los últimos años del imperio turco, hasta su disolución en el marco de la derrota en la Primera Guerra Mundial.
Se cree que allí, a orillas del Bósforo, comenzó a escribir la que sería una de sus obras literarias más notables: la obra de teatro – en judeoespañol- titulada «Don Isaac». En este drama, el autor tomó la figura histórica de D. Isaac Abravanel -funcionario de los Reyes Católicos en tiempos del Edicto de Granada- para tratar el tema como Historia Contemporánea de la realidad del Imperio Otomano a principios del S XX. Fue publicada en el periódico «La Verdad de Sofía» (dirigido por Albert Pipano).
Santo Semo, que propagaba las ideas del retorno a Jerusalén, nunca pisó Eretz Israel. Prefirió París. O por decirlo de manera literaria, en tanto que hombre de letras, prefirió habitar en la lengua francesa. Tuvo en esto bastante éxito, ayudado por su apostura, elegancia y buenas maneras, expresándose en un francés más que correctísimo, y durante una época llevando sobre su cabeza el bonete otomano llamado «tarbush». Era un orador magnífico, fluyente en 14 idiomas, capaz de hablar a miles de personas durante cinco horas sin tener un papel con notas enfrente. Una de sus mejores ponencias fue su disertación sionista en la Conferencia de Paz de La Haya. Está todo explicado en su autobiografía, titulada «La lucha de mi vida por salvar al mundo».
La crítica literaria -francesa o sefárdica- salvo excepciones, no lo tomaba muy en cuenta como literato. Una de esas excepciones fue el estreno de «Don Isaac» en Constantinopla en 191o y en Jerusalén, traducida al hebreo, en 1911. Existe versión en castellano. También escribió una novela titulada «Morena» (totalmente descatalogada hoy en día) y una recopilación de discursos políticos. En su autobiografía se mencionan manuscritos hoy desaparecidos, como «Exodo de los judíos de España en 1492», «Bulgaria y sus judíos». Parte de sus papeles, como «Israel y el mundo» fueron a parar al archivo sionista del Museo de Yad Vashem en Jerusalén después de su muerte, en 1948 o 1950. También hay algunos en Turquía y hasta en París.
En 1945, Santo Semo era un enfermizo señor de casi setenta años de edad que luchaba contra ciertos desequilibrios mentales. Pero aún disertaba con éxito en la Sociedad de Geografía de París, publicando sus ponencias en una antología titulada «Israel y el tiempo». Era por aquel entonces víctima de las mofas de los estudiantes del Barrio Latino y de su última conferencia se rieron hasta en la prensa. En contrapartida se creó un movimiento de seguidores que se reunía todos los sábados en los Campos Elíseos. Como todo hay que decirlo, Semo, cuando los nazis tomaron París, participó en negocios turbios y fue el intermediario para el expolio de la copia de un autoretrato de Rembrandt hecha por Courbet. Restituido tras la guerra, hoy cuelga en el Museo de Bellas Artes de Besançon.
Bibliografía:
- «The longing to belong», Michael Studemund-Halévy, Centre for the Study of Manuscript Cultures,
University of Hamburg - Aki Estamos, Les Amis de la Lettre Sépharade en su edición nº39, 2021.

