VICTOR LAREDO

Nota sobre un artista sefardí en Nueva York


 Laredo, en lo que hoy es Cantabria, fue en la Edad Media una villa real de importante puerto castellano, cuyos marinos participaron en la reconquista de Sevilla en el S. XIII y de Tarifa en el S. XIV; también, participaron en la campaña de apoyo a Francia en La Rochelle cuando la Guerra de los Cien Años, donde vencieron ante los ingleses, propiciando así un intenso contacto comercial de lana desde la costa cantábrica con Flandes, especialmente la ciudad de Brujas. En el S XV, su floreciente comunidad judía desapareció. Y como en tantas ocasiones, también allí se creó el fenómeno social de los cripto-judíos.

  La familia Laredo perduró como «anusim» en la Península Ibérica durante más de doscientos cincuenta años. A fines del S XVII decidieron instalarse en el norte de Africa -Tánger y Tetuán- para poder vivir el judaísmo abiertamente, aunque algunos regresarán a la Península, radicándose en Gibraltar (comunidad fundada a la sazón por tangerinos y tetuaníes). Es es caso de Mordejai Laredo, abuelo del rabino gibraltareño de mismo nombre nacido en 1779; tuvo dos hijos de dos esposas: el Gran Rabino Abraham Laredo y  el jajaám r.Yehudá. R. Abraham Laredo El Justo fue Gran Rabino del Líbano a mediados del S  XIX y allí falleció en la antiquísima ciudad de Sidón.

  Desconocemos los detalles concretos por los cuales algún Laredo comienza a vivir en la antigua Pérgamo, en la provincia otomana de Esmirna y no lejos de la capital de mismo nombre. Allí se instaló Morris Laredo, que trabajaba como inspector de pesos y medidas para la administración del Imperio Otomano. Casado con Anna, en 1910 fueron padres de un niño al que llamaron Victor. En 1920, con la desaparición del Imperio a causa de su derrota en la Primera Guerra Mundial, los Laredo decidieron abandonar la Península de Anatolia y llegaron, por la isla de Ellis, a Nueva York. Al poco tiempo, Morris se convirtió en un vendedor de seguros de éxito.

  Victor, educado en un mundo muy distinto al de su padre -que era muy tradicionalista- se distanció de su familia siendo joven, pues no veían bien que se quisiera dedicar al arte y que tuviera ideas izquierdistas -un peligro en los Estados Unidos en los años ´30. Tras unos años de formación, en los ´40 se enroló en la marina mercante, viajando por todo el mundo y pintando en sus ratos libres. Fue así como vivió la Segunda Guerra Mundial. Al volver a N.Y. perdió toda su obra en un incendio y ese el momento en que deja la pintura para pasar a dedicarse a la fotografía. Tras realizar un retrato de la artista cubana Carmen Herrera, el curador del Museo de Arte Moderno de N.Y. lo reclutó tras comprarle el retrato de Carmen H.

Dos años después de exponer en el MAM, expuso en solitario en el Museo de Arte de Brooklyn, lo que le valió para recibir varios encargos de la revista Harper´s Bazaar, entre otras, comenzando a ser conocido como un excelente documentalista gráfico de la vida neoyorquina de los años ´50. Pudo así comprarse un estudio en el bohemio Grenwich Village y ser parte integrante de la llamada Escuela de N.Y. Así conoció a su esposa, Caroline, con quien tuvo un hijo, André, en 1956.

 Para los años ´60 publicó libros que investigaban la arquitectura neoyorquina. Pero también aceptó un encargo de la revista Life para documentar la vida de los judíos de ascendencia española, para lo cual visitó en varias ocasiones España. La obra salió a la luz en 1967, con una exposición en el Museo Judío de N.Y. Fue de tal éxito que hasta cadenas de televisión le hicieron reportajes y promoción. Después de eso, se volvió a casar y la pareja estaría junta durante 35 años, hasta que él falleció en 2022.