YAAKOV ALGABA

 Sobre la inaudita labor de traductorado hebreo de un sefardí que hizo imprimir  una obra profana, cristiana y castellana.


 Cuando en 1506 Miguel de Cervantes publica en Valencia la primera parte de «El ingenioso hidalgo D.  D. Quijote de La Mancha», lo hace para criticar la perniciosa abundancia de lectores de las novelas de caballerías medievales. Y para ello, se inspira y regodea en una de las más leídas y traducidas de esas novelas antiguas: el «Amadís de Gaula», cuya cuarta versión, del S XV, debemos a la pluma de Garci Rodriguez de Montalvo (miembro de una potente familia de Medina del Campo y afín, por no decir colaborador, a las políticas de los Reyes Católicos). «El Amadís» fue un best seller de tal impacto que fue  traducido ya entonces a numerosas lenguas -incluso el alemán- de tanto éxito como cosechó.

Pero «El Amadís»  no fue sólo asunto de aquellos principios del S XVI, sino que también en la actualidad aún es materia de análisis en la Universidad Hebrea de Jerusalén, como demuestran las investigaciones de Assaf Askenazi,  especialista en Literatura Medieval de la Península Ibérica. Y por supuesto también filólogos españoles.

 El invento de la imprenta -la nueva tecnología de la época- tuvo una gran incidencia en el mundo hebreo. (De hecho, como sabemos, en 1455, el primer Libro impreso fue «La Biblia»). En la Península Ibérica la primera imprenta que hubo fue la de los judíos de Híjar, en  el reino de Aragón, pero también se convirtieron en grandes focos difusores de literatura impresa Livorno, Salónica o Venecia y, más tarde, Amsterdam. Una de las más famosas de estas  imprentas hebreas  fue la de los hermanos  Soncino, en la Lombardía, Italia, que pasan a la Historia de la Literatura Hebrea por imprimir El Talmud de Babilonia en 1483 y, en 1488, El Tanaj completo. Con el clima antijudío de la época, la imprenta se muda primero a Salónika, para recalar en Constantinopla en la misma época en que el Imperio Otomano da refugio -por interés y bajo condiciones- a los hispano hebreos que no quisieron abjurar de su fe. Y uno de aquellos sefardíes otomanos de primera generación fue el médico y rabino  r. Yaakov Algaba.

  Algaba es apellido ya lingüísticamente corrupto que proviene del término Gabay, esto es, tesorero de una sinagoga. No sabemos si r. Yaakov A. fue él mismo gabay de alguna sinagoga o si el nombre le viene dado porque lo fuera alguno de sus ancestros hispano-hebreos, como pudiera haberlo sido su padre, r. Moshé.

  Eliezer Soncino, hijo de Guershon Soncino, fue el que llevó la imprenta familiar a Constantinopla. Y fue el impresor de la traducción hebrea del «Amadís de Gaula» que realizó Yaakov Algaba. Según los filólogos, es la primera traducción a una lengua extranjera de la obra castellana. La fecha: 1540. Un hito de la literatura hebrea, porque dado su carácter de entretenimiento, estos libros era denostados por los sabios rabinos, pues no tratan de asuntos hebreos, sino además de profanos, extranjeros. Del hecho se deduce, sin embargo, que aquellos judíos de mediados del S XVI en Constantinopla podían leer hebreo aunque fuera para pasar el rato. Y su difusión fue grande, pues se hicieron cinco copias. Una de ellas se conserva en la biblioteca del British Museum, otra en la biblioteca Bodeliana, en Oxford, y un tercer ejemplar, del que resta sólo un fragmento que se encuentra en la Biblioteca nacional de París. Versiones digitalizadas en nuestro tiempo se conservan en  la Biblioteca Nacional de Israel y  hay otro ejemplar íntegro, en el Jewish Theological Seminary of America.