PARASHAT HA´SHAVÚA: “SHEMOT”

Parashá: “Shemot” , שְׁמוֹת‬.  Exodo,  1:1–6:1. Haftará sfaradit: Jeremías, 1. Darshán: Adi  Cangado.


 

“La resistencia al sufrimiento y un Eterno acontecer”

 

Marc Chagall, litografía para el Libro del Exodo, 1966

Shemot. Nombres. Nombres de hombres, de mujeres, de lugares, de tiempos, y de dioses. La palabra, en el pensamiento y en los labios, delimita lo nombrado, lo reconstruye y lo moldea. En parte, el mundo que nos rodea es tal y como lo llamamos, tal y como lo nombramos. Cada fenómeno que se presenta a la percepción inspira su nombre, pero después tal palabra le devuelve su aparente ser: su ser posible. La esencia se revela pura, se percibe fragmentada y limitada a la memoria y a la percepción humana, pero después y cada vez que regresa quedó ya atrapada en la palabra dada para nombrarla.

La naturaleza y la historia humana han inspirado a los pueblos, y éstos, sin ningún lugar a dudas, han dado nombres a sus dioses. ¿Qué reside en el nombre? ¿Qué nos dice del pueblo que lo pronuncia? ¡Qué fuerza increíble tienen los nombres! En la porción de esta semana se nos narra cómo lo Divino se reveló ante Moisés y se presentó: le dice cuál es su nombre. ¿En qué lugar de la Torá está este versículo?

El pueblo de Israel sufre la opresión y la esclavitud en Egipto. Pero su dolor y su llanto ascendió a lo más alto y descendió a lo más profundo. Hasta la fuente misma de todo cuanto existe llegarán esas lágrimas y gritos de dolor. Dios recordará entonces la promesa que había dado a Abraham, a Isaac y a Jacob y cumplirá su palabra.

Va´yar Elohim et bené Yisrael va yeda Elohim “Y vio Dios a los hijos de Israel y entendió Dios.” (Éx. 2:25).

DOMENIQUINO ZAMPIERI DOMENICO, Paisaje con zarza y Moisés , 1610, Metropolitan , N.Y.

Debido al sufrimiento de los oprimidos en Egipto, Dios se revela a Moisés en la montaña. En aquella época Moisés se había asentado en Midián y tenía un hijo con Tsiporá, llamado Gershom. Cuidaba el rebaño de Yitró, su suegro, un sacerdote de Midián. Aquel día condujo al rebaño más allá del desierto llegando a la montaña, en dirección a Jorev. Allí, en la montaña, Moisés encuentra una zarza:

.והנה הסנה בער באש והסנה איננו אכל

“(…) y he aquí que la zarza arde con fuego y la zarza no era consumida.”

La zarza bo’er “está ardiendo”, y la Torá elige el verbo en presente. Es decir, la zarza “arde”. Arde en presente y esto la define. El verbo se conjuga en este tiempo como un participio presente: “ardiente”, es decir, nos refiere directamente a la esencia y el significado pleno y completo de cuanto está aconteciendo ante Moisés. “(…) y he aquí que la zarza está ardiendo y la zarza no era consumida”. Moisés queda abrumado y se pregunta:

מדוע לא יבער הסנה.

“¿Por qué no arde la zarza?”

Pero, ¿acaso no estaba ardiendo? Habría sido más correcto usar el futuro “arderá”,  pues estamos aquí ante un tiempo imperfecto: acción inacabada dirigida al futuro. Ya no es bo’er (בער) sino yib’ar (יבער). La Torá demuestra su profunda sabiduría dejándonos abierta la paradoja en el encuentro entre lo Eterno y Moisés. El verbo que usa aquí, ba’ar (בער), se refiere en hebreo a la acción de “arder” en su más amplia acepción: es arder pero también es quemarse, desde el principio hasta el final de la acción. La zarza arde pero no se quema. Es decir, no es que no se consuma, sino que ni siquiera se quema. El fuego invade la zarza pero ella no muta. No hay combustión pero el fuego tampoco se apaga. El Midrash Rabá ha visto en la zarza ardiente la metáfora del sufrimiento del pueblo judío en el exilio. Por mucho que los egipcios se esfuercen en oprimir a Israel, el pueblo no se consumirá. Pero el fuego no cesa, ¿verdad? La zarza no se quema porque resiste, porque el pueblo judío resiste.

En épocas de sufrimiento, tendemos a pensar que Dios nos ha abandonado. Se trata de la dimensión infantil de nuestra percepción de lo Divino: queremos pensar que Dios está allí arriba, cuidándonos, observándonos, y ante el dolor muchos acaban pensando que sencillamente no “está”, no “es”, es decir, que no existe. La primera visión de Moisés en la montaña es la zarza que arde pero no se quema (sufrimos). La segunda revelación es el nombre divino. En el encuentro, el pastor interpela a Dios y le pregunta cuál es su nombre y Dios contesta (v. 3:14):

אהיה אשר אהיה

Eheyé asher Eheyé seré Lo/El que seré”

Excelente presentación. No es fácil traducir este nombre. La forma verbal eheyé (א-ה-י-ה) corresponde a la primera persona del imperfecto (futuro) del verbo hayá (היה), “fue”, tercera persona del singular del pasado (tiempo perfecto, acabado). Cuando está expresado en soledad, sin ningún complemento, es verbo puro, pura acción o puro proceso, predicado o constatación: “ser”, “estar”, “existir”, “suceder”, “devenir”. Está. Sucederé. El nombre propio es aquí el proceso, el Eterno acontecer del ser. Es la presentación de “cuanto es” sin más denominación ni atributo; al no tener sujeto pues queda circularmente encerrada en la acción verbal, ésta es sin duda la expresión más paradójica y rotunda del monoteísmo a lo largo de la historia. Nada queda fuera de semejante afirmación. Es muy importante señalar que en el hebreo bíblico la forma eheyé representa un tiempo inacabado: ser y tiempo inacabados. Lo inacabado no lo llena todo. La palabra aquí no designa la totalidad, sino el proceso mismo del ser y del tiempo, del siendo y del llegar a ser, de lo posible y de lo que deviene. Lo inacabado no está completo, sino que inspira un cometido, una misión. Arranca en la historia y en la naturaleza y nos impulsa hasta el mañana que deviene. El Dios que creó a través de la palabra, que dijo al universo “¡Sé!” y el universo fue, se revela y dice: “¡Acontezco! ¡Seré!”. He estado ocurriendo, hasta este instante, y permaneceré. Estaré con el pueblo que sufre, y contigo, Moisés, cuando acudas ante el Faraón. El pueblo que resiste, y la vida que resiste, revelan, en su misma resistencia de ser, que cada paso dado, que cada gesto amable, anhela completar (dar cumplimiento a) la esencia de lo Divino.

El mundo y el ser humano que lo observa no aparecen en escena de repente. Todo fluye y brota de la infinita y eterna fuente del ser y del tiempo, que nos impulsa creativamente. ¿Qué acto más claro de amor podríamos hallar? El universo entero es fruto del amor, y solamente la bondad y la justicia permiten la continuidad en la existencia. El que da, el que ama, el que cura, el que cuida, cumplen la promesa de lo Divino: hallan inspiración en el proceso de creación e impulso para reparar lo creado: las vasijas quebradas o inacabadas. Por eso el Dios que dice “¡Seré!” rechaza la crueldad y la destrucción. Cada crimen es sin duda un crimen contra Dios: en cada víctima, parte de lo Divino perece. El Dios de Moisés rechaza la violencia y la crueldad perpetrada por los egipcios contra el pueblo de Israel.

En la palabra eheyé “seré” podríamos pensar que el ser humano queda desamparado. Pero este “seré” o “estaré” perpetúa su fuerza a través de acciones humanas. Shifrá y Puá, las parteras hebreas, salvaron a los niños. Los padres de Moisés deciden tener un hijo a pesar del decreto del Faraón que ordenaba a los egipcios arrojar al río a los niños varones recién nacidos. Cuando ella da a luz, oculta a su bebé. Después de tres meses, lo deja en la orilla dentro de la cesta, que su hermana cuida. La princesa egipcia pudo apartar la mirada, pero alargó su brazo y rescató al niño. Al final del relato de esta semana, Moisés y su hermano Aarón acuden al Faraón y reclaman la libertad para los oprimidos. Cada uno de estos gestos revelan y realizan lo Divino.

Sin más os deseo que tengáis paz en el Shabat. ¡Shabat Shalom!

© Adi Cangado

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Rafael