EL INGENIOSO RABINO D. ABRAHAM ABULAFÍA

La inaudita historia mental de un filósofo medieval que fue  en pos de un rio de piedras, quiso convertir a un Papa y fundó la corriente cabalística extática.


A principios del año 5000 del calendario hebreo, esto es en 1240 d.e.c. -cuando en Castilla reinaba Alfonso X (El Sabio)  y en Aragón, Jaime I (El Conquistador) – nació ,en la muy grande aljama de Zaragoza,  el hijo de un rabino llamado Shmuel Ablufaia (así lo transliteran al castellano)  quien tuvo a bien llamar al retoño, Abraham.

No sabemos por qué , pero Rabí  Ablufaia -Abulafía en hebreo- mudó a la vecina Tudela con toda su prole. El hijo, Abraham,   estudio, por supuesto,  Torá y Talmud con su padre; pronto apuntó grandes  maneras para despuntar ejerciendo el oficio del rabinato y el cultivo de la entonces incipiente disciplina de la  Kabalá ,  sólo que no de la  Kabalá racional,  sino de la corriente mística llamada Kabala extatica, que busca con ansia el éxtasis de acceder al conocimiento trascendente de D-os elevándose por sus esferas y coronas.

Cuando Abraham contaba 18 años, su padre falleció. Y dos años después, Abraham parte hacia la Tierra de Israel en busca, ni más ni menos, que del legendario río de Sambation…Esta corriente fluvial, ya mencionada en el Targún como el río por cuyo curso fueron llevados las tribus de Israel al cautiverio de Nínive, tenía (según Plino El Viejo y Flavio Josefo)  una singularidad: mientras que durante seis días seguidos la corriente era caudalosa, el séptimo día , el  día de Shabat, se secaba (por lo cual HA´RAMBÁM decía que de ahí su nombre como río) Luego, en la Alta Edad Media, se fueron acumulando leyendas sobre esta corriente, que ya no era un torrente de agua sino de piedra y arena que sólo se detenía en Shabat.

Abraham llegó al puerto de Ako -como entonces era habitual para pisar Eretz Israel- pero se desencantó del ambiente , pues  en el Valle de Jezrael, en la Galilea, se enfrentaban las  tropas mamelucas y las tártaras, que fueron entonces derrotadas por primera vez en la Historia. Era el fin de la época de las cruzadas y el principio del dominio del dominio  mameluco en Jerusalén.

Abraham partió entonces hacia Grecia, donde tomó esposa de entre los judíos romaniotes, y juntos se instalaron en Roma, aunque con una larga parada en Capua para estudiar  la obra de Ha´Rambám de la mano de rabi Hilel.

De Roma pasó a Barcelona, donde en 1270, tras imbuirse en los estudios de la Kabalá nebuit -profética, de origen askenazí- tuvo una visión mística que le ordenaba, ni más ni menos, que  ir a Roma para  convertir al papa Nicolás en la primera noche de Rosh Ha´Shaná.

Y partió acompañado de grandes rabinos, como Moshé Ben Shimón de Burgos. Pese a serle advertido que moriría quemado en una estaca si se atrevía a pisar El Vaticano, persistió en su intento, no desistió en su empresa;   pero  el Papa no estaba allí, sino en su palacio de verano ,  en Saronno, donde de pronto sufrió un ataque  (quizás de corazón) y falleció.

Abraham ,que no tenía nada que ver con aquella muerte natural, fue prendido por unos franciscanos que le confinaron 28 días en un convento, tras los cuales le dejaron en libertad.

Se fue,  entonces,  a Palermo, en Sicilia, donde abrió un concurrido midrash -academia talmúdica- en el que volvió a tener visiones hasta el punto delirante en que  se anunció como profeta; y  por último, como si no hubiera habido bastante, se anunció como el Mesías. La comunidad judía, agraviada, pidió ayuda a Shlomo Ben Aderet, Ha´Rashba,  que era el castigo de la histeria mesiánica de la época, razón por la cual la escuela kabalística de Ablufaia fue defenestrada por todas las escuelas de Sfarad. No así en Oriente Medio.

Se recluyó entonces en la pequeña isla maltesa de Comino, donde redactó El Libro del Signo -«Sefer ha Ót»  y su última obra, Palabras de Hermosura. Después, su rastro se pierde, dando por hecho que muere en 1291.

Desde 1271, el año en que partió de Barcelona a Roma,  y hasta su muerte, el rabino Abraham Abulafia compuso cerca de cincuenta tipos diferentes de ensayos. Los más importantes y fructíferos son los manuales para alcanzar la profecía mediante el uso de las santas letras. Sus libros incluyen: «El libro de la vida del mundo», «El libro de la luz de la mente», «El libro de Emery Sheffer», «El libro del deseo» y «El tesoro del cielo». Además, el rabino Abraham Abulafia escribió un comentario sobre la Torá llamado «El libro de las llaves»