LOS SEFARDÍES DE TURQUÍA Y EL CONSULADO ESPAÑOL

Los diplomáticos españoles en la delegación de Turquía que apoyaron y ayudaron a los sefardíes -y viceversa.


El Reino de España y el Imperio Otomano mantuvieron distintos enfrentamientos bélicos a lo largo de tres siglos y a lo ancho de todo el Mar Mediterráneo. Por ejemplo, en Lepanto, donde la Armada Española derrotó al turco. Las relaciones modernas entre los dos países comenzaron en 1782,  cuando se firma el Acuerdo de Paz, Amistad y Comercio. Unos años más tarde, en 1797, Pedro Varela, secretario.
de Hacienda de Carlos III, lideró en Madrid cierto movimiento que proponía la derogación del decreto de expulsión de los judíos, o dicho de otro modo, deseos de que la burguesía sefardí de Estambúl se estableciera en Madrid.

Madrid abrió consulado en Estambúl en 1783, un año después de la firma del Acuerdo de Paz. Y de esa época es el primer pasaporte español entregado a un sefardí de Turquía: el de Miguel Isaac Cohén. Le siguieron -así consta en los registros de solicitud- David Funes,  Jaím de Toledo, Antonio Callinery, Jaím Sadaca, Rafael Israel Eliakin y Mateo Summa.

Para cuando cayó la monarquía de Isabel II , 1868,  era vicecónsul en Damasco D. Adolfo Mentaberry, que pasó a la delegación en Estambúl. Este vasco romántico -viajero y periodista- escribió «Viaje a Oriente de Madrid a Constantinopla» basado en sus andanzas por las ciudades de cultura oriental del levante mediterráneo, como Alejandría, Beirut, Damasco o Constantinopla. Y por suesto, habla de los sefardíes:

» Los judíos son los descendientes de aquellos que expulsaron los Reyes Católicos. Conservan no sólo la lengua -que escriben en caracteres hebreos- sino también a veces hasta títulos de propiedad en España, a donde esperan regresar con ese tenaz perseverancia de su raza esperando al Mesías. «

Pero no todos tenían tal actitud de acogida. El catalán  Eduardo Toda y Güell, cónsul español en el Cairo, usaba palabras tan peyorativas como «chusma». A él lo que le interesaban eran las momias y los sarcófagos.

Jóvenes judíos de Esmirna

Sin embargo, el Conde de Rascón, jefe consular en Turquía en la época de la Restuaración Borbónica (1875) fue uno de los que espoleaban sus propuestas para promover el regreso de los judíos de origen español residentes en el Imperio otomano; estas propuestas tuvieron una calurosa acogida por parte de Alfonso XII, quien ordenó la promulgación de un decreto real sobre el particular.

El embajador Diego de Coello Quesada , sucesor del Conde de Rascón, también abogó por el sefardismo y así lo publicaba en La Epoca, el periódico del partido liberal que él mismo hubiera fundado. En esas crónicas, por ejemplo, contaba sus avatares en la vida social de la burguesía sefardí, como la gala de caridad que se realizó para recabar fondos por el terremoto que había asolado Andalucía en 1884. Salomon Diaz y Moisés de Toledo, según él, hicieron las mejores donaciones. A Diego de Coello Quesada los sefardíes le querían tanto que cuando le trasladaron a Roma le invitaron a que fuera a Salónica para que disfrutara de la inauguración del ferrocarril que cincuenta años más tarde partía para Auscwitz.

Le sucedió Antonio de Zayas y Beaumont,  poeta parnasiano que redactará  -en prosa- un informe que usará Angel Pulido para su «Españoles sin patria» . No obstante, este señor hacía declaraciones antisemitas de tono afín al integrismo católico, justificando el decreto de expulsión por deicidas. Sólo estuvo un año allí y todo lo que hizo fue escribir un librito titulado «A Orillas del Bósforo»

Otros, como Alejandro Spagnolo, cónsul en Alejandría, se relacionaban con Abraham Galante, el periodista, o José Danon, director de L´Alliance, mientras ocurrían muchas cosas al rededor: los Jovenes Turcos accedían al poder, Italia invadía Libia, se rebelaba Albania, se declaró la Primera Guerra Balcánica. Muchos pudieron salvar la vida por tener papeles españoles, como toda la familia de la gran librera salonicense Renée Moljo. Sólo en 1913 constan 220 pasaportes, que incluyen no sólo al padre de familia, sino a toda su prole, fuera la que fuera, siempre y cuando hubiera dos apellidos y un certificado del rabinato. Los más mayores fueron Meir Taranto y su esposa, de 68 y 71 años de edad.

Y entonces estalló la Primera Guerra Mundial, cuyo desenlace sería el fin del Imperio Otomano.