PARASHAT HA´SHAVÚA: “KI TETSÉ”

Esta semana, parashat “Ki tetsé” (כִּי־תֵצֵא‬ , cuando salgas)  Deuteronomio 21:10–25:19. Miscelánea legislativa de la vida civil y doméstica en toda índole de aspectos, incluso el tema del olvido de Amalek. Comenta Adi Cangado.


A curious and delicate little law

Está a punto de terminar el segundo discurso de Moisés, de los tres que componen el libro de Deuteronomio. La parte central de este segundo discurso gira entorno a las leyes que recogen los capítulos 12 a 26. La porción que leemos esta semana comienza regulando el caso de aquellos soldados que se enamoren de una mujer que ha sido tomada cautiva como botín de guerra, y recoge importantes preceptos relativos a la protección legal de la mujer menos amada (v. 21:15-17), al hijo rebelde (v. 21:18-21), la violación de las obligaciones maritales (v. 22:13-23:1), la prohibición de ciertas formas de prostitución (v. 23:18-19), y el ibbum o “levirato” así como el ritual de jalitsá para eludirlo (v. 25:5-10), entre otros. En resumen, la mayor parte de la temática de la porción semanal enlaza con su comienzo: las relaciones entre el hombre y la mujer y la resolución de conflictos maritales y familiares.

Pero también se añaden preceptos muy variados, a veces a modo de miscelánea (como por ejemplo, v. 22:1-12). Precisamente en esta colección breve la Torá nos dice (v. 22:6-7),

“Si, a lo largo del camino, tropiezas con un nido de pájaro, que está en algún árbol o en el campo, con crías o huevos y la madre está sentada sobre las crías o los huevos, no tomarás a la madre con sus jóvenes; deja ir a la madre, toma sólo a los jóvenes, para que te vaya bien y tengas una larga vida.”

 

Claude G. Montefiore

Si leemos de corrido estos dos versículos, seguramente nos pasarán desapercibidos y no les daremos mucha importancia. Claude G. Montefiore los llamó a curious and delicate little law “una curiosa y delicada leyecita” (“The Bible for Home Reading”, vol. I, p. 165). Sin embargo, esa apreciación está muy lejos de ser exacta, porque estos versos han motivado larguísimas y muy profundas discusiones teológicas y éticas en el judaísmo desde la época del Segundo Templo y duros enfrentamientos entre distintas facciones y corrientes durante los últimos dos mil años.

Así, el Midrash Rabá comienza su comentario a la Parashat Ki Tetsé con estas palabras, ki ikaré kan tsipor “si tropiezas con un nido de pájaro”, tratando de manera inmediata con un tema central y clave del judaísmo: la circuncisión. Después de una breve explicación sobre la circuncisión explica,

“¿Por qué se circuncida a un niño a los ocho días? Porque el Santo, Bendito sea Él, tomó compasión de él, esperando hasta que el niño fuese fuerte. Así como el Santo, Bendito sea Él, tiene compasión de los seres humanos, también Él tiene compasión para los animales. ¿Cómo sabemos esto? Por ejemplo, cuando se dice “y desde el octavo día será aceptable” (Lev. 22:27). Más aún, el Santo, Bendito sea Él, dijo,

“ningún animal… deberá ser sacrificado el mismo día que su cría” (Lev. 22:28).

Así como el Santo, Bendito sea Él, extendió Su compasión sobre las bestias, también Él se compadeció por los pájaros. ¿De dónde sabemos esto? Así está dicho,

“Si, a lo largo del camino, tropiezas con un nido de pájaro…” (Deut. 22:6)”

El Midrash nos presenta este precepto como una prueba de misericordia, rajmanut, por parte del Eterno hacia Sus criaturas. Sin embargo, la recompensa que el texto bíblico promete a quien lo cumple, “para que te vaya bien y tengas una larga vida”, ¿qué implicaciones tiene? Se cuenta, por ejemplo, que la muerte prematura de un joven hizo que un rabino del siglo II e.c. abandonase el judaísmo.

En cierta ocasión iban paseando varios sabios, entre ellos, el Rabí Elisha ben Abuya. De repente, observó cómo un muchacho salía corriendo debido a que su padre lo llamaba, y por el camino se topó el nido de un pájaro. El joven cumplió estrictamente el precepto: dejó ir a la madre y se quedó con el resto. Pero enseguida murió. Rabí Elisha no era la primera vez que presenciaba la desgracia, pues ya había tenido que afrontar la muerte inexplicable de los dos hijos jóvenes de su amigo Rabí Meir. No pudiendo explicarse tal injusticia, Rabí Elisha decidió que no había justicia y, por lo tanto, que no había tampoco un Dios Eterno, Fuente inspiradora de justicia, cuidando al ser humano o recompensando a quienes cumplen los preceptos.

Este no es el único testimonio relacionado con este precepto. En la misma sección del Talmud en la que encontramos este relato (Tratado Julín 141a), se nos dice que Rabí Jacob concluyó, a partir de estos versos, que en este mundo no hay recompensa para las buenas acciones, sino sólo en el mundo por venir.

Podemos entender al Rabí Elisha ben Abuya, pero ¿podemos compartir su visión? No es fácil llegar a entender que el Dios que inspiró en nuestros antepasados este precepto reduzca la vida de un joven que lo había cumplido al pie de la letra. Los rabinos nos han dejado serias advertencias a las que debemos prestar atención cuando leemos la Torá. No debemos cumplir los preceptos esperando una recompensa. Ellos dijeron mitsvá goréret mitsvá “cumplir un precepto nos conduce a otro precepto”, y sejar mitsvá mitsvá “la recompensa por cumplir un precepto es otro precepto nuevo”. No hay retribución ni castigo sino consecuencia. La mitsvá (la determinación, honestidad y profundo cometido con aquellas enseñanzas de nuestra tradición que son atemporales) atrae mitsvá; la transgresión gratuita (es decir, no basada en un proceso informado de toma de decisiones desde la tradición judía, de la razón y de las demandas de nuestro lugar y época) nos sitúa cada vez más alejados de la Torá.

Tres pilares fundamentales nos acercan a Dios en el judaísmo: creación, revelación y redención. El judaísmo afirma a Dios como maasé bereshit, “creador” y como adón ha-olam, “señor del universo”. El profeta nos advierte que Él es yotser ha-or uboré jóshej, osé shalom uboré ra “[Él] crea la luz y la oscuridad, la paz y también lo que es malo”. La naturaleza tiene sus leyes, físicas y biológicas. La muerte de un niño no puede explicarse como castigo divino. La realidad es más compleja, por dura de afrontar que pueda parecernos, o por más fácil que nos resulte buscar culpables donde, quizás, no los hay.

Eliminar a Dios de nuestra vida, o reducirlo a un concepto filosófico, porque el mundo es injusto y queda tanto por hacer, es caer en el desánimo y supone fragmentar nuestras vidas, haciendo que de repente nuestros bolsillos lleven pesas de distintos tamaños, rompiéndonos en secciones que buscan, cada una, su beneficio propio. Si la unicidad abandona nuestra vida, el Dios de Israel abandona nuestra vida. Pero si intentamos que nuestra vida entera sea un servicio al Santo, Bendito sea Él, de tal manera que, incluso cuando estamos de paso, seamos capaces de cumplir sus preceptos, en el instante de menor atención, como en el caso del nido de un pájaro que topamos en el camino, entonces ella cobra unicidad, y el Dios de Israel llena cada minuto y está presente cada día. La reacción del pobre rabino Elisha ben Abuya refleja que su vida estaba ciertamente fragmentada: él redujo al Eterno a un concepto filosófico de justicia. De frente con la injusticia, Rabí Elisha abandona el judaísmo. “No justice, no God”, debió de pensar el rabino.

Con respecto a Amalek, la Torá dice al final de la parashá de esta semana, zajor et Amalek, “recuerda [lo que te hizo] Amalek”. Curiosamente,  acude al mismo verbo que para el cuarto mandamiento,

zajot et ha-Shabat “recuerda el Shabat” (Éx. 20:8)

 y la referencia a Amalek está justo después del precepto prohibiendo usar pesas falsas o de distintos tamaños, es decir, hacer fraude. Cuando la vida está fragmentada, usamos pesas de distintos tamaños para distintas facetas de ella, pero cuando la vida es plena y una, entonces las pesas son iguales y la misma vara de medir se aplica en cada instante. Cuando Israel está fragmentado, Amalek puede sorprenderlo. Cuando Israel está unido, surge la plenitud del Shabat.

© adi cangado