PARASHAT HA´SHAVÚA: “JUKAT”

Parashá. “·Jukat”, Decreto, Números 19:1–22:1. Haftará sfaradit: Jueces, 11. Darshán, Adi Cangado.


“Un día, mientras Elías estaba en el monte Jorev, un viento impetuoso quebró las cimas de las montañas, rasgando la roca, pero Dios no estaba en aquel viento. Tras el viento se produjo un terromoto, pero Dios no estaba en aquel temblor de tierra. Tras el terremoto el fuego invadió el lugar, pero Dios tampoco estaba en el fuego. Finalmente, cuando el fuego se apagó, percibió en la calma más profunda una voz apacible y delicada, y entonces Elías comprendió y escuchó a Dios.” (basado en I Reyes 19)

 

 

Cuenta el Rabí Yosé, hijo de Rabí Yehudá, que en su viaje a través del desierto hacia la tierra prometida el pueblo de Israel sobrevivió gracias a la ayuda de tres hermanos -Moisés, Aarón y Miriam- y tres hermosos regalos le fueron entregados a través de sus manos: un pozo por Miriam,  para dar de beber al pueblo y a sus rebaños; una nube por Aarón,  para protegerlos del sol abrasador; y el maná,  por Moisés para alimentarlos. Un techo, agua y comida. Cuando la profetisa muere, el pozo se seca, tal y como nos dice la Torá: “y murió allí Miriam”, y a continuación está escrito,

“y no había agua para el pueblo” (Núm. 20:1-2; Talmud Bavlí, Ta’anit 9a).

Dice la leyenda que el pozo de Miriam era muy especial, ke’mín sela (כְּמִין סֶלַע) “parecido a una roca” que rodaba acompañando al pueblo en su travesía, y de sus poros brotaba el agua. La gente hablaba a la roca y los príncipes le dedicaban canciones.

Alí be’er enú lah “¡Levántate, pozo!, le decían” (Núm. 21:17),

y la roca se levantaba para partir (Midrash Tanjumá, Bamidbar 2). Pero el pozo prefería a Miriam, y solamente ella comprendía todos sus misterios. Al morir su señora, la roca guardó su luto y de sus poros no salió más agua.

El pueblo tenía sed y acudió a Moisés. Él era hermano de Miriam. Pensaron que nadie mejor que él, a quien ella salvó en Egipto cuando era un bebé, sabría hacer funcionar aquel artilugio. Pero Moisés no era hombre de palabras, ¿recordáis? El profeta observó la roca, le dio vueltas, pero no logró entender. Tendría que haber hablado más con ella, pensó, y escucharla atentamente y así conocer sus emociones, sus miedos, sus secretos. Mientras tanto,  el pueblo murmura, pues habían observado a Miriam y a su pozo cuando iban a buscar agua, y creen recordar cómo hacía ella, pero cada uno difiere en su teoría. Desesperado porque no descubre los misterios de la roca, Moisés reza y pregunta a Dios. “¡Habla a la roca!”, le dice Dios. El profeta está triste porque su hermana ha muerto, y también enfadado. Aarón y él reúnen a la gente delante de la roca y Moisés les dice,

“¡Escuchad, rebeldes! ¿Haremos salir agua de esta roca para vosotros?”. Entonces alzó su vara y golpeó la roca, no una sino dos veces, y la roca derramó su agua (Núm. 20:9-11).

En lugar de hablar al pozo de Miriam, el profeta lo golpea dos veces. Moisés desobedece a Dios y por ello ya no podrá llegar a la tierra prometida; ni él ni Aarón, su hermano mayor, que morirá pasados unos días.

Existe un proverbio latino muy famoso que dice:

lupus est homō hominī, nōn homō, quom quālis sit nōn nōvit

un lobo es el hombre para el hombre, no un hombre, con aquel a quien no conoce”.

Aparece en la línea 495 de la obra “Asinaria” de Plauto. La falta de conocimiento y de comprensión del otro nos puede conducir al odio y a la ira. En la oración más importante del judaísmo se dice shemá (…) ve’ahavtá “escucha (…) y amarás”. Escucha, presta atención, entiende, y entonces podrás amar de verdad. El camino al amor pasa por el conocimiento y la comprensión del otro, del próximo y del lejano, del afín y del ajeno. Porque incluso para cada minúscula hoja de hierba hay en el firmamento una estrella que la ilumina y le dice “¡crece!” (Bereshit Rabá, 10:6), ¡cuánto más para cada ser humano! No es posible comprender cada misterio del universo, ni cada gesto y cada palabra del otro, y aún así debemos intentarlo.

El Talmud de Babilonia nos enseña que en tres cosas se conoce a la persona: en su copa, en su bolsa y en su cólera; por cómo el alcohol transforma su carácter, por la honestidad con la que conduce sus finanzas, y por su enfado, y en cada una de las tres revela a los demás su verdadera personalidad (Eruvín 65b). Moisés erró en la ira, y por ella no podrá entrar a la tierra de Canaán. A quien no se enfada, Dios ama (Pesajim 113b).

El castigo a Moisés nos enseña que ni el más grande de todos los profetas fue intachable y perfecto siempre. Era humano y se equivocó. La Torá nos está dando aquí una lección sobre la paciencia y sobre la calma. Debemos escuchar al otro, prestar atención, entender, para amar. ¿Y cuál es el precepto más elevado del judaísmo sino precisamente ese? El de amar a Dios y al prójimo (próximo) y al extranjero (lejano). El pueblo tenía sed. El pueblo necesitaba agua para beber. En el Salmo 95, en el que se recuerda este episodio de la Torá (“aquel día de Masá en el desierto”), se dice (versos 7-8): “hoy, si escucháis Su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Quizás si hubiese prestado atención y escuchado atentamente, habría comprendido que con hablar al pozo era suficiente, pero con su enfado lo estropeó todo; no una sino dos veces golpeó la roca milagrosa de su hermana. El pozo liberó sus aguas, pero a un precio muy alto.

El pozo de Miriam es una metáfora del universo y de la existencia. En la lengua de la vida hay un cordoncillo que une la berajá “bendición” recitada y la berejá “fuente” de la que mana aquello por lo que damos gracias, como entre el referente y el significante en el lenguaje humano. En la antigüedad los judíos de la tierra de Israel pronunciaban al final de su oración esta frase:

 

ברוך אתה יי, מעון הברכות ועושה השלום.

“Bendito eres Tú, lo Eterno, Manantial de bendiciones y Hacedor de paz.”

Las aguas del pozo simbolizan también la inspiración que recabamos de la naturaleza y de la historia. La roca revela sus secretos que extraemos a través de la razón, del diálogo con ella y no a golpes, no a través de la violencia de un cayado de pastor.

En sus glosas al “Shulján Aruj”, el Rabí Moisés Isserles dice que cada noche de sábado, cuando concluye el Shabat y empieza una nueva semana, algunos salían a extraer agua de los pozos, pues esa noche las aguas del pozo de Miriam llegaban a todos los pozos y a todas las fuentes. La semana se renueva dándonos la oportunidad de construirla buena, diferente a las anteriores. El sábado, cuando salgan las tres estrellas que anuncian la noche, busca la inspiración y la fuerza y acuérdate de aquella roca maravillosa y de sus secretos. Escucha atentamente, presta atención, e intenta comprender a los demás, para amar; y descarta la ira siempre, pues en cada gesto de ira, en cada palabra de ira, te alejarás del cumplimiento de la promesa de leche y miel.

 

© Adi Cangado