SHULAMIT KISHIK-KOHEN: LA PERLA

Hª de una ama de casa de la comunidad de Beirut que fue espía y ayudó a muchos judíos a  llegar a Israel.


Recién llegados a Jerusalén

Shulamit Arazi, hija de un judío de Damasco y una señora de Jerusalén, fue a nacer en Argentina mientras que en Europa y el Oriente Próximo de desarrollaban los cruentos eventos de la Primera Guera Mundial. Su padre, que se dedicaba al comercio textil, había emigrado al continente americano a fines del S XIX, pero al finalizar La Gran Guerra -al acabar el mandato otomano en la Tierra de Israel- la familia dejó el Río de La Plata y retornó a Jerusalén; concretamente al barrio de Mekor Baruj, entonces epicentro del sefardismo hierosolimitano.

Shula, que llegó a Israel siendo una niña, fue educada en el colegio de Evelina de Rothschild y estudió con la famosa Miss Landau (que recuerdan todas las señoras mayores del sefardismo de Jerusalén)  Y a los dieciséis años, así eran entonces las cosas, sus padres la comprometen con un rico comerciante libanés, Yosef Kishlik. Para ella, más que un marido, una desgracia, pues no concebía separarse de sus padres y caer en manos de un señor que ni conocía.

Hacia 1936, el nuevo matrimonio se instala en el barrio judío de Wadi Abu Jamil -pleno centro de  Beirut y por así decirlo, judería principal de la capital del Líbano. Shula y Yosi criarán  siete criaturas en ese barrio populoso, lleno de judíos sirios refugiados.  Pero Shula, además de sus labores domésticas como madre e incluso esposa, participaba notoriamente en todas las acticidades de la comunidad beirutí y llegó a tener relaciones sociales con altos cargos del gobierno. Esto fue un paso primordial para acceder a información confidencial. Y ella, consciente del valor que aquellos datos tenían,  no dudó en compartirlos  con la Haganá (las milicias judías pre-estatales contra el Mandato Británico) En concreto, hizo llegar a las fuerzas de la Haganá en Metula, la localidad israelí que hace frontera con Líbano, la información sobre las intenciones militares del gobierno de Beirut contra los judíos de Eretz Israel si conseguían la independencia del Mandato Británico. Y como consecuencia de esa coyuntura política, empezó a ayudar a salir del Líbano a muchos judíos que tenían prohibido abandonar el país. Sin que nadie de su familia tuviera conocimiento de sus actividades como espía, entre 1947 y 1961 fue una inestimable fuente de información para los servicios de inteligencia de Israel. Su mote era “La Perla”. ¿Quién iba a sospechar de una madre de siete criaturas ?

 No obstante, consciente del riesgo que estaba corriendo, decidió enviar a sus dos hijos mayores -de 7 y 9 años- a vivir con los abuelos en Jerusalén, mientras dejó a los demás a su lado porque aún la necesitaban como madre ( y porque haberse quedado sin ninguno habría levantado rumores y sospechas.)  Uno de esos niños, Yitsjak, con el tiempo, será embajador de Israel en Egipto.

 

Gracias a esta valiente mujer, más de mil judíos libaneses pudieron llegar a Israel en pequeñas barcas que zarpaban de una ensenada muy discreta y atracaban en el  puerto de Ako. También consiguió sacar a 70 niños llevándolos en un autobús a la frontera con Israel,  con 70 velas de Januká para despistar a la policía como si fuera una excursión escolar sin más.

Shula sabía que,  en aquel mundo de Beirut tras la Segunda Guerra Mundial, donde las intrigas y los delatores abundaban por sus calles y sus casas,  estaba sin duda alguna  siendo observada por las  siempre celosas autoridades libanesas, que a la sazón consideraban a los judíos como ciudadanos que no había que dejar de tener controlados. Es decir,  Shula sabía que  la perseguían. No podía ser de otra manera. Además, tenía indicios claros de aquella persecución;  en la casa de enfrente, a cuyos vecinos ella conocía perfectamente,  siempre había sentado junto a la puerta el mismo hombre, que no era vecino del barrio. Nunca se supo quién la delató o cómo se llegó a saber en las fuerzas de seguridad de Líbano sobre las actividades de esta ama de casa.

Sus memorias las tituló  “Poesía Shulamit – La historia de un espía sionista” (que escribió con Ezra Alankam Yachin) cuenta cosas como que  mientras que todos soñaban con ir a Jerusalén, ella había dejado Jerusalén para irse a Beirut. Sabía que era conocida, que había malshines (delatores) y sobre todo sabía que estaba corriendo un gran riesgo. Pero sus ideales sionistas podían con todos los miedos y continuó con sus actividades, completamente sola, sin nunca pedir al menos ser acompañada. Ni siquiera por su marido. Todos los encuentros secretos que tuvo que tener los hizo completamente sola. Tal es así que no la llamaban Señora Cohen, sino Monsieur Cohen.

Los mensajes de los operadores en Israel los recibía en una farmacia de Beirut a la cual la llamaban por tfno. para que fuera a recoger un medicamenteo que había encargado. En los prospectos iban las instrucciones para actuar.

Pero en 1961, por desgracia,  fue descubierta, y por tanto, arrestada y, por supuesto, torturada. La sentencia a la cual la condenaron era morir en la horca. Luego, la pena fue revocada y condenada a 21 años de cárcel. Su marido, además, también había sido arrestado, por encubridor y colaborador.

” Cuando me arrancaron la primera uña sentí tal dolor que apreté los labios y los dientes con tal fuerza que me empezó a salir sangre por la boca.”

Shula Cohen fue presa en una  cárcel libanesa y estuvo privada de libertad durante siete años, hasta que se produjo la Guerra de los Seis Días y recobró su libertad en virtud de un acuerdo de intercambio de prisioneros. Su marido, dadas las circunstancias,  había huido a Israel a través de Chipre, y la esperaba en Jerusalén,  con el resto de la familia, excepto por el padre, que había fallecido sin vivir ese momento de la libertad de su hija.

En el aniversario nº 44 de su sentencia de muerte, fue honrada por el Estado de Israel para encender una antorcha en los fastos de la fiesta del Día de la Independencia.

Su marido, que era mucho mayor que ella, falleció en 1994. Shula Cohen falleció el 21 de agosto de 2017,  en Jerusalén, pocos meses antes de cumplir 100 años; está enterrada en el cementerio de Guivat Shaúl, z”l. Tras de sí dejó un gran número de nietos y bisnietos. Uno de ellos la llamaba Abuela James Bond.

 “En la cárcel hay dos cosas que no pude hacer: llorar y dormir.”

En Israel, trabajó como dependienta de una tienda de antigüedades de Jerusalén, ciudad de cuya municipalidad recibió el honor de ser nombrada Hija Predilecta, Yekirát Yerushalayim.