SOBRE LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS DE LA CORONA CASTELLANO-ARAGONESA

 

 Notas sobre el mayor trauma nacional de los sefardíes: la disyuntiva entre la conversión o el destierro.


 El 20 de marzo de 1492, fray Tomás de Torquemada, inquisidor general, redactó el decreto de expulsión de los judíos porque , así reza el texto en cuestión, consideraba que el judaísmo era un grave crimen contra la sociedad cristiana. El 31 de ese mismo mes, el decreto de la Alhambrá, también llamado Edicto de Granada, quedaba burocráticamente formalizado para anunciar  a la población , especialmente a la hebrea, que en el plazo de tres meses sería penado duramente la práctica del judaísmo en territorios de la corona castellano-aragonesa.

El decreto en sí era de un alcance social tan fuerte  que nadie se atrevía a hacerlo público ;dicen que los judíos sólo tuvieron conocimiento de él el Primero de Mayo, por lo cual el plazo de tres meses había avanzado demasiado para realizar la partida y por eso hubo una pequeña prórroga. Sencillamente no daba tiempo a recoger y malvender bienes y convertirlos en mercancías que poderse llevar consigo.

El número de afectados por estas ordenanzas reales no es concluyente porque no se sabe ni se puede calcular el número de judíos que entonces habitaban en Castilla y Aragón, Navarra o Valencia. Sí podemos , mediante el conocimiento de pleitos derivados de la situación, aseverar que la mayoría de judíos prefirió el destierro en vez de la pila bautismal. Yitzjak Baer, hasta hoy la máxima autoridad en el estudio de la judería hispano-hebrea, y a quien siguen quienes tienen más sentido crítico de la cuestión histórica, calcula que estaríamos hablando de unas 30.000 familias en Castilla y unas 6.000 en Aragón. Optaron por el destierro el 75%, no más de  cien mil personas, que para los censos de la época es un número importante. De hecho, el impacto  económico que generará en los últimos años del S XV, ante la ausencia de los impuestos pagados por los judíos, creó la necesidad de pedir subvenciones de los monarcas católicos.

La población judía en la Península Ibérica disminuyó notablemente tras las matanzas de 1391, tanto porque fueron asesinados muchos como porque los supervivientes , en gran medida, decidieron irse a otros lugares , como el caso de la judería de Sevilla, destruida por completo (los judíos de Andalucía fueron, además ,  expulsados en 1486)  las juderías de Valencia y Barcelona, prácticamente reducidas a nada en 1391. Así que,  en Aragón las aljamas que llegaron al S XV eran 19 , mientras que en Castilla , territorio mucho más amplio, eran doscientas dieciséis. En Galicia, sólo quedaban Orense y La Coruña. Vitoria, la única en todo el País Vasco. Las juderías de más de 300 habitantes sólo eran nueve: Segovia, Toledo, Trujillo, Guadalajara, Ocaña, Almazán, Soria, Avila y Murcia.

También tenemos evidencias de que los judíos más ricos tenían tendencia a optar por la conversión (los nobles no querían que se marcharan -presumián las consecuencias económicas- y los reyes llegaron a facilitar  mucho las cosas  a los judíos para que no lo hicieran. Tal es el caso de Abraham Senior o de las prendas excepcionales que tuvieron algunas familias adineradas , que pudieron  sacar ciertas cantidades de dinero, como los Abravanel, cuyo destierro es excepcional en todo ) Otros tuvieron dinero como para pagarse seguridad personal para no ser atracados por  el camino y acabaron desvalijados por las propias fuerzas de seguridad .  En  el caso de los judíos más desfavorecidos económicamente, el viaje fue sufragado con la liquidación de las sinagogas. Los rabinos, conscientes de la abrumación que atenazaba a los judíos, trataron de animar con panderetas y cantos el viaje.

El dolor era inmenso. A la incertidumbre del futuro inmediato se le añadía no sólo el haber malvendido sus haciendas o no haber podido cobrar sus deudas,  sino también la humillación de sentirse indeseable por algo tan íntimo como los sentimientos religiosos, así como la impotencia de no poder defenderse ante el acoso inquisitorial y sus problemas de intolerancia y alteridad.

La mayoría de los que partieron lo hicieron hacia Portugal, porque era la opción más barata, rápida y segura. 700 familias fueron autorizadas a vivir en Portugal ocho meses a cambio de un escudo por cabeza. Otros, hacia Navarra, donde no aplicaba el edicto (al menos por el momento) Algunos, más bien pocos, salieron por el puerto de Laredo hacia Inglaterra, donde habrían de fingir que eran cristianos, pues allí el judaísmo estaba totalmente prohibido desde 1290. El converso Luis de Santangel y Francisco Pienlo fletaron naos genovesas en el puerto de Cartagena para llevarlos a Italia. 25 buques  zarparon de Cádiz  en naos de Pedro Fdez. Cabrón, experto en navegar entre la gentuza de los océanos, que no sin fatigas los quería llevar a Orán, Argelia, y tardó ocho meses en poder desembarcar al pasaje, completamente agotado de vivor a bordo en condiciones infrahumanas. Pedro y Fernán de Illescas , tras cobrar carísimo el pasaje, los llevó hasta Marruecos, donde muchos fueron apresados y reducidos a esclavitud además de sufrir todo tipo de violencias.

Los judíos que zarparon hacia Constantinopla tampoco lo hicieron de forma homogénea, en un único viaje, sino en varias oleadas. (El último en 1506 desde Valencia) Eso sí, parece ser que todos lo hicieron  a bordo del Gücke, buque insignia de la armada de Beyazid II cuyo capitán era  el  temido almirante  Kemal Reis, un marino que surcaba el Mediterráneo  desde el Egeo a Gibraltar, infundiendo en todas las costas el poderío de la armada turca.  Asoló Málaga,, junto a las poblaciones aledañas y apresó un  gran número de prisioneros. Luego pasó a las Islas Baleares y a  Córcega -entonces bajo la Corona de Aragón- hasta llegar a Pisa, en la ribera toscana del Arno. Desde  allí regresó con sus naos a las costas andaluzas, donde recogió tanto a musulmanes como a judíos,  tanto en 1490 como en 1492. Y además, bombardeando Elche, Almería y Málaga, contra la cual tenía especial inquina parece ser.